Patricia Escobar
Columnista / 17 de julio de 2021

¿El mundo cambió?

Temperaturas tan altas que llegaron a matar a personas en Canadá. Inundaciones tan devastadoras que han alarmado a varios países de Europa. Días nublados en Barranquilla seguidos de un calor que atormenta. Terremotos múltiples por los lados de Asia. Edificios que se caen como un castillo de naipes. Un río que nadie entiende porqué se comporta de tal manera que está debilitando la economía de una ciudad…

La tierra nos está hablando y no queremos escucharla.

Es innegable que el cambio climático está aquí y con fuerza inusitada está haciendo de las suyas. Los daños que le hemos hecho a nuestra casa, nuestro planeta, están pasándonos factura de cobro y si no hacemos nada por mitigar estos daños las consecuencias dantescas aparecerán más pronto de lo que imaginamos.

Los grandes investigadores del medio ambiente, los ambientalistas de la década del 70 y algunos políticos comprometidos con la vida llevan años llamando la atención de los grandes depredadores del planeta: las grandes industrias y empresa, los desforestadores y los consumistas y también a los ciudadanos del común sin que les hayamos puesto mucha atención.

Los datos son tan alarmantes que de verdad es difícil “aterrizarlos” al nivel de un ciudadano común y corriente, el que sí debería entender que, a pesar de que parezca increíble, un granito de arena en estos momentos vale oro en la obligación de salvar el planeta.

Todo debe partir de una pregunta sencilla: ¿qué mundo quiero dejarles a mis hijos?, ¿qué mundo les vamos a dejar a nuestros nietos? Y estoy segura de que la respuesta sería: “Un mundo mejor del que tenemos”. Entonces vendría la segunda pregunta: ¿qué puedo hacer para que ello sea una realidad? Y la verdad yo pienso que mucho. Creo que debemos dejar de criticar y esperar grandes acciones de otros, y empezar a trabajar en acciones personales y familiares.

Las acciones que podemos emprender los ciudadanos son muchas y muy fáciles. Sencillas, diría yo, pero que, si se suman a las del entorno, marcan la diferencia. Obvio que a eso hay que sumarle acciones de gran envergadura que se derivan de una política pública por el medio ambiente que poco conocemos los ciudadanos del común, y de la aplicación de leyes que sancionen fuertemente a quienes siguen atentando contra el planeta.

En los hogares podemos sembrar hábitos sencillos, como clasificar las basuras. Es tan sencillo como tener a mano tres bolsas o recipientes donde se colocan los productos susceptibles de reciclaje o reutilización; los orgánicos (alimentos) y los no reutilizables como papel higiénico, servilletas, tapabocas. En Barranquilla se ha iniciado una campaña tendiente a que los ciudadanos entremos en esa onda. Va muy lenta si se compara con la velocidad de destrucción de nosotros, pero además no es masiva y resulta que muchos de los que han comenzado a clasificar sus basuras se dan cuenta de que al final, la empresa que presta el servicio de aseo las mezcla cuando las recoge. No hay que desanimarnos. Hay que fomentar ese hábito y hay que identificar emprendedores que comiencen a sacarle el jugo a lo que desechamos para que cada día haya más personas que vivan de esta actividad.

Pero mejor que clasificar debe ser evitar. Hay que evitar el consumo exagerado del plástico y los recipientes de un solo uso. Muchos productos que compramos en tiendas y supermercados pueden llevarse sin ninguna bolsa y en caso de necesitarse hay envoltorios menos agresivos que el mismo plástico. Pero también debemos erradicar de nuestras vidas los aerosoles que acaban con el aire que respiramos. Hay, por ejemplo, desodorantes en aerosol que también vienen en roll-on o en crema que ofrecen el mismo beneficio.

En los hogares, por pequeños que sean, debe haber naturaleza viva, plantas que para crecer requieren de poca luz y agua pero que brindan grandes beneficios, y debe preferirse la ventilación natural por encima de los aparatos eléctricos. Y hablando de eléctricos, en los hogares debe fomentarse la política de ahorro de energía y agua que no sólo sirve al bolsillo, sino también al medio ambiente. Enseñarles a los pequeños a no desperdiciar y aprender nosotros los adultos a racionalizar agua y energía, debe ser una obligación, un acto de conciencia individual y colectiva.

Si en cada una de las viviendas de nuestros municipios se practican con juicio estas pequeñas acciones, los resultados serán muy importantes para tener un ambiente más puro para quienes vienen detrás de nosotros. De eso estoy segura.

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