Patricia Escobar
Columnista / 18 de noviembre de 2023

Ese coro no me parece

Yo quisiera quedarme con la imagen de ese abrazo sincero, fuerte y honesto del arquero de Brasil, Alisson Becker, con su compañero del Liverpol, Luis Diaz, quien le hizo los dos goles en el encuentro donde por primera vez Colombia le ganó un partido de eliminatorias mundialistas al pentacampeón, Brasil.

Yo quisiera quedarme con la imagen de un padre orgulloso a punto de infartarse, sudando y con los brazos en alto, al ver los golazos que su hijo le regaló a él y al país.

Quisiera quedarme con la imagen de una madre, un poco irresponsable a mi juicio, que le daba el biberón a su pequeña hija en un Metropolitano lleno hasta las banderas.

Quisiera quedarme con la imagen de un minúsculo grupo de hinchas del Brasil que tuvo su instante de gloria muy al inicio del encuentro del pasado jueves y después se resignó a ver los carrerones de Díaz y la magia de un James líder.

Quisiera quedarme con los abrazos y venias de Lucho y James, con las miradas de un psicólogo, Fernando Diniz, director técnico de la selección Brasil, y con la alegría de las tribunas teñidas de amarillo. Pero…

Así me tilden de revolucionaria, me encasillen en el petrismo, me señalen de apátrida, me excluyan de grupos, me miren de reojo, en mi cabeza y en mi corazón no deja de atormentarme la bochornosa e irrespetuosa reacción de quienes pagaron y acolitaron el coro pidiendo la salida de Petro, sin que Petro, el presidente de Colombia, gústenos o no, estuviera en el estadio.

Ojalá los irracionales que todo lo politizan y polarizan, puedan leer mis argumentos. Primero, creo que el respeto es fundamental en una sociedad que se sienta y se crea culta. Hay que respetar la edad, la dignidad y el gobierno, decían los abuelos. Y Petro, el presidente de Colombia, tiene que ser respetado, por lo menos, por la dignidad que ostenta.

Adicional, la esposa y los hijos no son “culpables” de todo lo que genera el disque odio de los coristas del Metropolitano. Las mujeres y los niños merecen respeto en una sociedad que se dice civilizada. ¿Que el coro no era contra ellos? Puede ser cierto, pero eran ellos los que estaban en el estadio.

Por otra parte, se supone que un encuentro deportivo está por encima de cualquier color o simpatía política, y el encuentro entre Colombia y Brasil debió estar por encima de odios, muchos de ellos infundados y, con el respeto de mis colegas, orquestados por una prensa politizada que se alejó de la verdadera esencia de esta noble profesión.

En ese oscuro incidente del jueves no hay coherencia. ¿Cuántos ladrones reconocidos de cuello blanco asisten a los encuentros deportivos por el solo hecho de aparecer como nobles patriotas?, ¿Cuántos traquetos reconocidos van a los estadios a pavonearse en encuentros deportivos de gran difusión? A todos se les deja disfrutar de esos 90 minutos de ensueño, pero el Presidente del país no puede ir a darse un ‘chapazo’ o a disfrutar de la magia de un combinado que da instantes de alegría.

Yo rechazo el corito, así como rechazo la falta de respeto del Presidente de Colombia por ser impuntual y por dejar plantada muchas veces a una audiencia que lo espera por protocolo o por necesidad. Rechazo que sea el mismo Presidente el que maneje sus redes sociales donde muchas veces se nota que como cualquier ser humano actúa y después piensa. Yo rechazo muchas cosas, actuaciones o medidas del presidente Petro, pero a mi me enseñaron a respetar y yo escogí una carrera en donde la objetividad y el análisis son fundamentales. Esas dos razones me impiden estar de acuerdo con el corito.

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