Juan Alejandro Tapia
Columnista / 5 de noviembre de 2022

Fichas de dominó

Hay un momento en la vida de la mayoría de las personas en que el mundo que han conocido deja de existir. Sucede al sobrepasar cierta edad y las primeras señales suelen ser imperceptibles: un parque que dio paso a un centro comercial, un teatro convertido en un multifamiliar, la muerte de un cantante o un actor, hasta que, por efecto dominó, una ficha tumba a la otra en una espiral que no tiene vuelta atrás.

La hilera, que en principio parecía interminable, empieza a derrumbarse con rapidez paralizante hasta llegar al círculo más cercano, madre, padre, hermanos, amigos de infancia, perros, gatos, y un buen día te levantas de la cama en un mundo extraño, desconocido, donde las personas y las cosas que te hicieron lo que eres, para bien y para mal, ya no están.

Lo vi hace poco en una muy interesante película noruega que pasó como un relámpago por las salas de cine del país, La peor persona del mundo, de 2021. En una de las escenas finales, la protagonista, Julie, visita en la clínica a su exnovio de siempre, un famoso caricaturista, Aksel, en fase terminal de un cáncer, y este le confiesa que ya no encuentra nada que le recuerde lo que era su vida: ver El Padrino II en VHS, escuchar música en su walkman, todo se ha ido, y lo nuevo, quizá mejor, no lo siente igual.

En mi caso, una señal inequívoca de que la reacción en cadena se había desatado fue la muerte del papa Juan Pablo II, en 2005, no tanto por sus enseñanzas religiosas como por su presencia tácita en la vida de una familia católica como la mía, tras 27 años de pontificado. Cayó después Michael Jackson con el recuerdo de mi primer casete, Thriller, del 83; el ‘Negro’ Perea y mi decisión de hacerme periodista para ser como él; García Márquez y el bichito de la literatura, y hace un par de años Antonio Caballero con sus columnas cargadas de intelecto.

Ver derrumbarse el teatro Metro, los ABC, el Capri, el Cinerama, Crema King, Vimos Cono Crema, los deslizaderos del Suri Salcedo fue como recibir la noticia de la partida de Diomedes, Oñate, McCausland, Rocío Jurado, Aute, Fidel Castro, Gorbachov, la reina Isabel. Pero ninguna más triste, en cuanto a esos personajes que sin haber conocido marcan un punto muy alto en los cimientos de las vidas ajenas, que saber que Diego Maradona no volverá a decir «la pelota no se mancha», «se le escapó la tortuga», «que la sigan chupando» o «yo juego para vos, mamá».

Precisamente, hace poco más de una semana murió mi mamá. Veo una fotografía a blanco y negro del día de mi bautismo en la que aparecemos los tres, con Tata, Ata, nombres que le di a mi papá. Ella me carga en los brazos con una mano justo debajo del pañal para que yo mire la cámara y quedemos grabados para la eternidad. Ella, lo descubro ahora, me sostiene; él me señala con el índice derecho con orgullo, en una imagen que iba a ser una metáfora de mi vida. De todos los sentimientos que pueden experimentarse al perder a padres, hermanos y gran parte de la realidad que estaba cuando naciste, tristeza, dolor, frustración, rabia, impotencia, el más fuerte es la sensación de vacío, de que caminas por una cuerda floja sin malla de seguridad, de que el mundo en el que creciste ya no existe y ahora vives en el mundo de los demás.

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