Juan Alejandro Tapia
Columnista / 8 de abril de 2023

Jesús

¿Podía Jesús, martirizado y clavado a una cruz en el Gólgota, separar sus manos y pies de los maderos para luego lanzarse al suelo y, tras quitarse la corona de espinas, acabar a puños a los soldados y centuriones romanos? Dos mil años después, cada Semana Santa la imagen del profeta judío parece sobrevivir entre sus fieles como la de un superhéroe de las tiras cómicas, un ser con poderes sobrenaturales que bien pudo haber llegado de otro planeta en una nave espacial, no el «verdadero hombre» que dejan entrever las escrituras. 

La dualidad «verdadero Dios, verdadero hombre» es el mayor misterio del cristianismo. ¿Cuánto de cada uno? ¿A partes iguales? Si la tradición es cierta, el «ungido» tuvo dudas de última hora y reclamó al cielo por su abandono. No parece el retrato de alguien con la certeza de que un chasquido de dedos sería suficiente para terminar con su padecimiento. Quizá no podía bajarse, quizá el dolor y el miedo lo superaron, quizá era más humano de lo que los evangelios transmiten o de lo que los teólogos han querido interpretar. 

No volaba Jesús, y el pasaje bíblico de la tormenta en que Pedro lo ve caminar sobre el agua podría tomarse como un simbolismo y no perdería su importancia. Tampoco hay constancia de fortaleza física desmesurada o de visión de rayos equis, sino de hechos puntuales ajenos a su naturaleza humana, milagros, para los que servía de intermediario ante una entidad superior. ¿Rebajaría su mito o sus enseñanzas esta condición, este pequeño desequilibrio en la balanza? ¿Lo haría menos Dios no poder descolgarse de la cruz para achicharrar con aliento de fuego a sus verdugos? 

Soy un creyente lleno de pecados de los que, en muchos casos, no me arrepiento. Y, como tal, me conmueve la posibilidad del Jesús cercano, no hecho a mi gusto ni a mi medida, pero capaz de ponerse en el pellejo del otro. No tiene sentido para mí un calvario sin titubeos, sin incertidumbre, resumido en dolor físico, porque solo mostraría su origen animal, desprovisto de conciencia y capacidad de análisis, como tampoco lo tiene una vida sin episodios de ira, soberbia o amor carnal. 

El Jesús «verdadero hombre» me acerca al «verdadero Dios», no viceversa. La elección que hizo de sus apóstoles, seres débiles, faltos de mérito y talento, proclives a traicionarlo o negarlo, que es un poco la suerte que corremos con los amigos; la predilección por uno de ellos, que deja claro que no somos todos iguales, dan cuenta de la otra mitad de Jesús, distinta a la del mago multiplicador de peces y panes. ¡Qué fácil es querer a quien resucita a los muertos y cura las enfermedades! Formo parte de la Iglesia católica por herencia y sentido de pertenencia, pero no tengo necesariamente que compartir la inseminación divina para respaldar el mensaje de su creador.

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