Juan Alejandro Tapia
Columnista / 25 de mayo de 2024

La carrera

Me dejó atrás el mundo, va muy rápido y dentro de poco le perderé el rastro. Antes, un par de años quizá, corría detrás de él sin mayor esperanza de alcanzarlo, pero lo intentaba. Ahora voy al trote, un poco por compromiso con los que van rezagados a mi lado, otro poco por el orgullo de seguir en carrera. Aunque ya decidí dejar de perseguirlo y dedicarme a caminar. Esperaré a los últimos y, mientras me uno a ellos, contemplaré el paisaje.

Lo haré con deleite, sin prisa y con pausa, y me miraré a mí también. Ahora que la velocidad perdió su tiempo conmigo y tal vez baje tanto el ritmo de mis pasos que parezca ir en sentido contrario, es cuando. A los que sobrepasé sin fijarme en sus caras, presento excusas por mi comportamiento de atleta, por ofenderlos con mi juventud exuberante de aquellos años y seguir de largo como si no existieran. Sé que no tendré que contarles mi historia, es la misma de todos los que van atrás. La reconocerán en mi rostro vencido y pleno, resignado y triunfal: derrotado por el mundo, abrazado por la vida.

Desde la invención de la rueda, 3.500 años a.C., hasta, qué sé yo, digamos Steve Jobs, un listado interminable de hombres y mujeres construyeron un mundo para mí; Sam Altman y su pandilla de treintañeros genios de la inteligencia artificial son los arquitectos de un mundo para los demás, para esos que pronto me sobrepasarán sin voltearme a ver. Entonces, ¿para qué correr tras ese mundo?

Soy consciente del valor de la IA para la humanidad. Nos curará, transportará, entretendrá y acompañará en cada actividad diaria. No me atemorizan los presagios apocalípticos de destrucción planetaria ni los de exterminio de la especie a manos de robots con razonamiento superior; todo lo contrario, la IA comandará la aventura especial que un día permitirá al hombre despedirse de la Tierra para garantizar su supervivencia.

Pero no me interesa tenerla en mi vida más de lo que ya está. Como debió sucederles a quienes año tras año iba dejando atrás en esta carrera sin fin -gente que saltó del teléfono de discado al smartphone y de la máquina de escribir a las tablas de Excel-, he llegado a mi límite. El celular me ha acercado a las personas que quiero y ha facilitado el cumplimiento de tareas profesionales, no lo voy a cuestionar; las redes sociales han transformado la manera de relacionarme sin importar la distancia y reduciendo la brecha de incompatibilidad. Entiendo que el avance tecnológico no debe frenarse, pero quiero ver el mundo con mis ojos y no con gafas de realidad aumentada.

Prefiero escribir por mi cuenta, con el culo plano de sentarme por horas a esperar una idea, antes que recibir el auxilio inmediato de Chat GPT; tampoco me seduce escuchar a una asistente virtual con la voz de Scarlett Johansson al despertarme cada mañana, con los ladridos del perro me basta. Pienso en todo esto mientras veo caer la lluvia por la ventana.

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