Carlos Polo
Columnista / 9 de julio de 2022

La venganza de los nostálgicos

Eddie trae la cabellera larga, una suerte de bucles voluminosos y desordenados que le caen por debajo de los hombros. Lleva una camiseta blanca, un jean roto sobre las rodillas, botas negras industriales, una chamarra oscura y una bandana en la cabeza.  

Su andar y algunos de sus ademanes me recuerdan un poco al mítico guitarrista Eddie Van Halen. Eddie es sin duda el chico raro de la escuela, el inentendido, al que los ‘niños-bien’ evitan por órdenes expresas de sus padres y profesores.

Eddie les produce miedo, desconfianza y rechazo a sus congéneres, aunque sea un muchacho sensible que ve el mundo de otra manera, un solitario marginado que padece la ausencia de sus padres, o simplemente un chico intentando matizar su orfandad o un outsider natural que no encaja, al que no le importan los estándares y los estereotipos de un pueblo ultra conservador y rezandero que lo mira con desconfianza y hasta con enojo.

Eddie es por mucho un extraño del pelo largo, un ‘pelao’ que encontró en un tipo de música en específico, un refugio en donde podía dar rienda suelta a su ímpetu, a su rabia, a su decepción del mundo. Yo lo entiendo, porque yo también fui Eddie, porque también me ha costado mucho encajar, porque las gentes de mi pueblo grande, también me han mirado con desdén y desconfianza, porque no es fácil ser otro extraño más del pelo largo en una ciudad chiquita y conservadora ahogada en sus propios paradigmas.

Como Eddie, yo también cargué la etiqueta de peligroso satanista corruptor de las buenas costumbres y detractor de la moral y la Urbanidad de Carreño, y mi madre, preocupada, tampoco entendía qué era lo que estaba sucediendo con el último de sus retoños, y sus amigos greñudos con miradas hostiles. “No puedo entender cómo es que les gusta ese montón de motos prendidas haciendo ese escándalo. Ese chua/ chua/ chua/ chua/ chua”,  decía mi madre con los ojos  bien abiertos y redondos como lunas llenas.

Pero volvamos a Eddie, el incomprendido héroe urbano, nervioso y arrogante, ese al que nadie magnifica, y del que todos en el pueblo tenían algo negativo que chismorrear desde sus cómodas vidas estandarizadas y sus atávicos prejuicios.

 ¿Listo para el concierto más metalero de la historia de la humanidad?

Cuando Eddie lanza esa pregunta y sostiene en sus manos la Warlock  BC Rich, como un báculo sagrado, algo se agita en mi cabeza.

Encaramado sobre el techo de una vieja caravana, el pie sobre un amplificador, instalado bajo un cielo profundamente oscuro, sobre el que se agitaban serpientes eléctricas de luces rojizas, como un avezado cowboy que  hace mucho tiempo dejó de temerle a la muerte, Eddie suelta los primeros riff de lo que sería, no solo un concierto poderoso y memorable, también le daría paso al clímax definitivo de la cuarta temporada de Stranger Thing y a una de las escenas más épicas de los últimos tiempos en el mundo del entretenimiento, además, el actor  Joseph Quinn, quien lo interpreta en la serie, estaría sellando un trato con la posteridad y mostrando también su talento con la guitarra.

La cuidada imagen, que hace gala de una apabullante fotografía y una impresionante atmósfera, además de una muy bien lograda estética en la periodicidad y cronotopía, los años 80 muy bien representados en los detalles  vestuario, escenografías, y ni qué decir de la banda sonora  -aquí el aplauso sincero al logro de los directores, los hermanos Duffer-. Los elementos que componen la imagen  me traen una asociación libre y pienso en la carátula del segundo álbum de  Metallica, Ride the Lightning.

Pero volvamos a la épica escena, mientras una  horda feroz de  demonios-murciélagos se adueña del cielo, Eddie y su guitarra se fusionan en uno. Con los labios apretados, el rostro crispado y los dedos volando a una velocidad improbable, el héroe impensado toca la guitarra como dejando la vida en cada una de las notas, como quien camina sobre las cuerdas de su destino y va directo al encuentro con la oscuridad y el silencio.

En mí se desata una juvenil y extraña emoción y en ese momento soy Eddie, el de las pantagruélicas borracheras, el del vodka barato, el del chamberlain rancio, el de los dientes y puños apretados, al que no invitaban o no dejaban entrar a las fiestas de etiqueta, al que las chismosas del barrio fisgoneaban desde las rendijas de sus ventanas, mientras le habla al oído a la noche sobre anarquistas y poetas malditos. El de los labios partidos y los desbocados pogos, ese extraño tipo y su tribu de raros que se atrevieron a salirse del molde, a darle a sus oídos un alimento diferente, en una ciudad tropical en donde todavía viven convencidos de que Maná o Vilma Palma hacen rock o representan en algo el espíritu libertario y trasgresor que ha caracterizado al género.    

“Es Master of puppets de Metallica. Párale bolas a esta escena que no solo va a dar de qué hablar durante un buen rato, y si no me equivoco, se va a convertir en un referente, en  un verdadero clásico”, le suelto a mi hijo de 15 años, que se burla de mi nostalgia, de  mi cabeceo rabioso, de mi punteo sobre la guitarra invisible, de los golpes a la batería de aire y de mi grito a todo pulmón coreando la canción: Master/ master/ just call my name, because I’ll hear you scream/ Master/ master…

La misma banda estadounidense se refirió al episodio desde sus cuentas oficiales: “Estábamos todos emocionados por ver el resultado final, y cuando lo hicimos nos quedamos totalmente alucinados…” 

El clásico lanzado en 1985 y publicado oficialmente en 1986, en el tercer álbum de estudio de la banda que lleva el nombre homónimo de la canción, salió en el mismo año de la trágica muerte de Cliff Burton, en ese entonces bajista de la agrupación, uno de los co- compositores del tema y protagonista de todo el álbum Master of puppets. Para la escena, Tye Trujillo, un chico de 17 años, hijo de Robert Trujillo, actual bajista de la banda, fue el encargado de los riff, Tye fue entrenado por el mismísimo Kirk Hammet, guitarrista histórico del grupo.  

Para muchos fanáticos, la escena, es sin duda, la más memorable de las 4 entregas, y tal como era de esperarse, la inclusión de la canción en la serie, ha desatado un interés renovado por el tema y por la banda, convirtiéndose en una de las más buscadas en las plataformas como iTunes o Spotify, peleando con la dictatorial hegemonía del reggaetón y  demás subgéneros afines.

Recuerdo un episodio en particular en 1995 cuando trabajé como guarda de seguridad, saca-borrachos y portero de un bar clandestino dedicado exclusivamente a sonar metal, unos muchachitos borrachos y bullosos estaban alebrestados porque en el bar no programaban a Metallica y cuando el propietario me pide que me acerque para apaciguar los ánimos, los tres metaleros de nuevo cuño seguían protestando porque no le habían puesto a sonar en todo el día a su banda favorita. Lo extraño es que en el reproductor de sonido en ese momento traqueaba a todo volumen la banday para colmo, en los tres grandes monitores, pasaban el video en simultánea. Recuerdo que les señalé el monitor más cercano. “¿Qué creen ustedes que está sonando ahí? Miren bien, ¿quiénes son esos? Metallica es mucho más que el álbum negro, esa es Master of poppets”. El tropel que se armó aquella noche acabó con mi corta carrera de guarda y portero saca-borrachos.

Volviendo al Eddie que se refleja en el espejo como un extraño flashback, aunque ya las hojas blancas han caído sobre el escaso cabello y la barba, aunque nunca haya terminado de colgar las botas, aunque la rabia y el ímpetu aún funcionen como combustible para enfrentar los embates de un sistema engranado para abolir y desechar a los Eddies, para mí no deja de ser extraño que una nota o una imagen derive en un reencuentro con los pedazos rotos de un pasado que no ha terminado de cometer la fuga y el encuentro con este Eddie, no termine siendo otra cosa, que una descarada venganza de la nostalgia ¡Master/ master!

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