Pilar Castaño
Columnista / 23 de enero de 2021

Los comienzos de Chanel

Nació en 1883 y murió 1971. Es Gabrielle Chanel, la leyenda de la moda que en este año conmemoramos el aniversario de su fallecimiento.

Es tal vez por todos los logros de su vida y por todos los libros que se han escrito sobre su existencia y por todas las crónicas que se escribieron y constituyeron alrededor de sus diseños lo que implica haber tenido tantos momentos, tantas aristas, tantas facetas.

Ella nació accidentalmente en agosto rodeada de pobreza en un pueblito llamado Saumur, Francia. Su madre, una campesina muy humilde, murió muy joven, justamente por falta de atención médica, y su padre, un albañil borrachín que lo único que se le ocurrió fue agarrar la mano de Chanel y la otra mano a su hermanita  para llevarlas a un convento de monjas. En ese orfelinato  la obligaron en un comienzo a usar uniforme muy pequeñita. Su uniforme era negro con una camisa blanca. Y yo diría que ahí comenzó todo.

Ahí empezó ese bicolor de Chanel que la caracterizó siempre. En ese convento se levantaba temprano, hacía múltiples oficios y siempre la sorprendían los hábitos monacales de las monjas que la cuidaban y obligaban a barrer y a trapear, pero también la enseñaron a coser. Estas monjas con esas túnicas negras y esas togas blancas siempre tenían la piel lozana. Y entendió ahí también la importancia de la sobriedad y sencillez, el efecto del blanco alrededor del óvalo de la cara. Además de todo esto, las monjas le enseñaron buenas maneras. Pero aprendió sobre todo a vivir con su inmensa soledad.

Luego, muy joven, se voló con  su hermana a un pueblito cercano. Y allí comenzó de corista.  A cantar en francés y a bailar. Aprendió una canción que se llamaba Coco, y de ahí salió ese nombre con el que fue reconocida en el resto de su vida.

Reconocida por  su desenvoltura, su ritmo y por su desfachatez; no era linda, pero con un pelo atractivo negro azabache, unos ojos negros muy profundos y una linda y esbelta figura, muy distinta a las de las niñas de su época.

A los 26 años, rodeada de todos esos hombres de los bares y cafés, encontró a Étienne Balsan  que era un militar, un experto en el tema de la caballería. Un hombre de mundo, que le enseñó mucho sobre el tema. Aprendió sobre la disciplina y la fuerza, escribió Chanel más adelante. Él  se la llevó a vivir con él a una especie de finca que tenía en las afueras de París. Allí ella comenzó a vestirse de forma muy andrógina, aprendió montar a caballo, a usar chalequitos y todo eso que les sobraba a los peones ella se los ponía.

Yo diría  que comenzó ahí esa moda andrógina que fue  parte importante de la columna vertebral de Chanel. Arthur Edward ‘Boy’ Capel, un multimillonario que había hecho dinero con el petróleo y el carbón llegó un día a la estancia de Chanel. Empezó a hablar con ella y se dio cuenta de que era una niña brillante, diferente, y se hicieron muy amigos y luego amantes; más tarde fue su apoyo financiero y su socio. Fue Capel quien la convenció de  exteriorizar su estilo diferente y dedicarlo a la creación de moda y que volviera a utilizar su manualidad.

De esa manera Chanel se dedicó a exorcizar y buscar su libertad. Capel le aconsejó que comenzara con sombreros. Infortunadamente, Capel murió después en un accidente de auto. Y su amigo antiguo le ofreció un apartamento de soltero donde Coco montó su primer taller de sombreros. Ahí comenzó ella a diseñar, apoyada por sus amigas que compraban los accesorios. Hablamos de la Bella época.  Era tal vez la época más fascinante de París, era un tiempo cambiante, eran las noches de un restaurante que también tenía un salón de baile que se llamaba Maxim (que aún existe), de mujeres bellas, adornadas, llenas de velos, tules, canutillos y mostacillas. Pero Chanel era otra cosa. Quería  cambiar el mundo con sencillos modelos que estaba inventando minimales, un concepto de moda muy diferente.

Cuando por primera vez se envalentonó, montó su primer taller. En 1910 ya el mundo estaba preparado para esta mujer que traía una revolución adentro. Tenía una nueva forma de patronar  mucho más libre, liviana, con prendas de tejidos de punto siguiendo la silueta femenina que en ese entonces era más voluptuosa, ella utilizaba el paño masculino de las chaquetas ecuestres y las ribeteaba con cintas de faya y les ponía encajes. Y asumió el negro como su color para el día y para la noche, pero lo hacía como una  rebeldía recordando a las monjas del orfelinato y quiso así uniformar a las mujeres adineradas, y las vistió a todas como viudas plañideras. Increíble, pero es la realidad.

Siempre añadía ese cuellito blanco que la inmortalizaría después, porque ese blanco monacal, irradia una luz, una frescura a sus maquillados y trasnochados rostros de la época. Luego se fue para la costa francesa. Y allí se inspiró en los pescadores, en todos estos hombres trabajadores, en toda esa moda utilitaria. Esa moda la adaptó a su manera, lo convirtió y lo sofisticó de forma fantástica.  Ella fue la que soltó la moda a una comunidad, un concepto a la actitud frente a la moda distinta. Una frase maravillosa de ella es: “Si amaneces triste ponte más pintalabios y ataca”. Y llegó en el momento justo de esa actitud depresiva de tantos excesos, de tantas fiestas.

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