Sonia Gedeón
Columnista / 29 de mayo de 2021

Machu Picchu, antesala del cielo

La emoción del reencuentro con la ciudad perdida de los Incas, indiscutible antesala del cielo por un lado, y los recuerdos de mi primera experiencia para acceder al santuario en los años 80, en aquel tren desparramado de gente, donde las gallinas, los cerdos y los perros se disputaban un espacio entre los nativos y los turistas, me llevaron en 2001 a emprender un nuevo viaje a Machu Picchu, gracias al servicio de tren que el Perú estrenaba ante la creciente demanda turística.

Llegué ansiosa y puntual a la estación de San Pedro en Cusco, para iniciar la travesía de 120 kilómetros. La velocidad del tren, ayer como hoy, no supera los 45 kilómetros por hora por la estrechez de la ruta (90 centímetros de ancho) y lo complejo de la maniobra. Solo para salir del Valle de Cusco y tomar la Cordillera de los Andes, el tren realiza cuatro tortuosos zig-zag, dando marcha adelante y atrás. Se descuelga 50 metros, y coge impulso, una y otra vez, hasta alcanzar El arco, a 4.000 metros de altura, para luego empezar el descenso a la estación de Aguas Calientes, a 2.400 metros sobre el nivel del mar.

Una vez en Aguas Calientes, con la imagen latente de los fértiles valles a orillas del río Urubamba y la estupenda panorámica del Nevado de Santa Verónica desde la ventana del tren, estaba lista para recorrer ese magnífico complejo de piedra y vegetación espesa que descubrió en 1911, Hiram Bingham, profesor de historia de la Universidad de Yale.

La historia de esta ciudadela de seis kilómetros en la que se pierden los límites entre lo divino y lo humano, sigue siendo un misterio y se especula que fue construida por el Emperador Inca Pachacutec. Lo cierto es que esta ciudad, de una belleza indescriptible por la pulcritud de sus trazos, es un monumento a lo sobrenatural.

Allí, entre las nubes, en el sitio conocido como Machu Picchu (Montaña Vieja) frente a Huayna Picchu (Montaña Joven), se levanta en piedra sin cemento ni pegamento esta ciudadela en la que los humanos nos sentimos verdaderos hijos de los dioses, la misma que nos lleva a experimentar una vivencia cósmica comparable a lo que puede ser estar frente al Creador en el momento del Juicio Final.

La ciudadela, que albergaba entre 1.000 y 1.200 incas que iban a rendirle culto a Atahualpa, tenía como única puerta de acceso la del Sol, o intipunku. Una vez adentro se puede apreciar que a la ciudad no le hizo falta nada. En la parte, alta donde habitaba la élite, está el Templo del Sol, de paredes semicirculares y con ventanas orientadas para tomar el sol durante el solsticio de invierno. En la zona también están la casa del sacerdote, el Templo del Agua, la guairana o lugar de descanso y el Templo a la Pachamama, o madre Tierra.

En la construcción, además de la piedra, utilizaron la paja o icho, que crece a 3.800 metros de altura, para cubrir los techos de las viviendas, donde ubicaban los graneros en el segundo piso para alimentar a pobladores y visitantes. Así mismo, de fácil identificación son los canales de riego, las terrazas para los cultivos, las plazas de mercado y las zonas de habitación del pueblo raso, donde está el Templo del Cóndor.

Machu Picchu, que ha sido restaurado en cerca de un 50% de su extensión, cuenta también con una plaza sagrada que alberga dos templos. Uno principal y un segundo conocido como el de las tres ventanas. Igualmente existe un puesto ritual con un área para ofrendar y un reloj solar, lo que demuestra que operativamente todo estaba debidamente planificado.

Recorrer Machu Picchu es como jugar a salir de un laberinto entre el aire fresco de la montaña, enmarcado por un profundo silencio que solo es interrumpido por el trinar lejano de los pájaros.

El tiempo allí parece detenerse. Todo está celosamente bien conservado y en cada esquina se asoma un nuevo sendero angosto y empinado, deshabitado mas celosamente cuidado por el inmenso respeto de quienes pisamos esta tierra sagrada de los incas, sin letreros que prohíben botar basura y sin canecas, pero de una admirable limpieza. Esto habla bien de la conciencia ambiental y de la cultura de sus visitantes, que cargan sobre sus espaldas sus propios desperdicios como si fuera un mandato de los mismos dioses. Hoy el aforo, por la pandemia, está restringido al 40%, lo que para algunos puede resultar beneficioso, lejos de los 2.000 visitantes diarios otrora permitidos. Mi recomendación, si decide emprender el viaje, es quedarse en el santuario hasta la puesta del sol, en absoluta contemplación del paisaje e interiorizando su magnetismo como última escala para alcanzar el cielo en la tierra.

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