Patricia Escobar
Columnista / 9 de octubre de 2021

Más que talento

Recientemente escuché la historia de uno de los ganadores de los realities de música que hay en el país. Él, barranquillero, pero con un vozarrón que le permitió ganar el concurso con su canto mexicano y sobrepasar a un artista que “está pegado” y canta despecho, contó a un programa de televisión cómo ha tenido que implorar, arrodillarse y hasta humillarse pidiendo que la radio le coloque un tema para consolidarse como artista.

El barranquillero Jair Santrich le ganó Jessi Uribe en el concurso A otro nivel, que fue lo que demostró durante todo el tiempo y al final recibió la votación masiva de los colombianos, quienes reconocieron su talento, su voz, su puesta en escena, sus sacrificios, su trabajo de 20 años en la calle y en pequeños bares o escenarios a lo largo y ancho del país.

Pero ganar el reality no le sirvió para mucho, salvo para que se aprovecharán de él y lo llevarán a la ruina. Pero, sobre todo, para darse cuenta de que llegarles a los consumidores de música no es tarea fácil. Le bloquearan cualquier posibilidad de sonar en la radio y de convertirse en una “celebridad” similar a Jessi Uribe, a quien le ganó en franca lid y quien desde ese entonces es uno de los artistas más destacados de Colombia con proyección internacional.

Todos sabemos que llegar y mantenerse en la música no es sólo cuestión de talento ni de preparación. Se requiere de muchas cosas: un buen y honesto equipo de trabajo, unas buenas composiciones, muchas relaciones públicas, y algo no tan santo: mucha plata para sonar. El tema de la payola no es nuevo. Cada día se habla con mayor franqueza del mismo, pero es como la corrupción. Para cometer el delito se necesitan dos: el que cobra y el que paga. El que maneja el poder de la radio y se cree con autoridad para descalificar y hablar por todos, y el que, en busca de sus sueños, empeña todo lo que tiene, o busca patrocinios para que lo pongan a sonar.

Por fortuna en la última década, las redes sociales y las plataformas digitales de música han permitido que muchos artistas puedan subsistir de su arte, puedan darse a conocer, consoliden su sueño. Sin embargo, esos nuevos medios requieren de otras inversiones: hacer buenas producciones auditivas y visuales: que el producto suene bien y se acompañe de un buen video, y de un profesional que maneje las redes. Con todo y eso es mucho más económico que pagar una payola que, en muchos casos, no garantiza la sonada esperada.

A propósito de ser octubre el mes de artista colombiano, y habiendo visto en los últimos meses tantos talentos musicales en nuestro país, es importante llamar a la reflexión. Primero, los consumidores no podemos seguir siendo tan conformistas y dejarnos embutir lo que otros crean que es lo que debemos escuchar. Debemos levantar nuestra voz de protesta para solicitar un verdadero apoyo a nuestros artistas. Los políticos y administradores del país deben revisar las leyes existentes y hacerlas cumplir. Los empresarios deberían dejar de pedir rebaja a los grupos locales y deberían dejar de colocarlos de teloneros. El talento local debe estar por encima de cualquier otra cosa. Y los artistas deben dejar de pagar e invertir en sí mismos aprovechando la tecnología existente.

La defensa de lo nuestro tiene que aprender del vallenato y del guajiro que, por encima de cualquier manifestación cultural, pone lo suyo. Aman y defienden el vallenato. Agrupaciones nuevas tienen su club de fans, sus seguidores, los que pagan para ir a los conciertos. En las programaciones de casetas o show, siempre hay grupos vallenatos. Ellos, los del Magdalena Grande, dan ejemplo de defensa de nuestra música, de su música.

Que en este mes el artista colombiano suene y resuene. Que, si la radio no les coloca su música, las plataformas digitales se disparen de forma inusitada. Esto sería reconocer nuestro talento y apoyar realmente a nuestros artistas.

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