Vanessa Restrepo Hoyos
Columnista / 15 de mayo de 2021

Más vale malo conocido que bueno por conocer

¡Cómo esperábamos con ansias el 2021! Imaginábamos que iba a ser mucho más benevolente y generoso que el 2020. Incluso a muchos se les oía suspirar al exclamar: “¡No veo la hora de que se acabe este año!”, pensando que con que el reloj marcara las 12 el 31 de diciembre, la pesadilla del COVID-19 desaparecería como por arte de magia junto con los problemas y preocupaciones que se habían desencadenado o exacerbado a raíz de él.

¡Cuán equivocados estábamos! Si bien el 2020 se caracterizó por sus continuos toques de queda y horarios estrictos de salida con el fin de combatir un solo mal, este 2021 llegó con una caja de sorpresas nada alentadora.

Además de los estragos económicos causados por el encierro del año anterior debido al coronavirus, este, no solamente volvió a tomar fuerza en Colombia recientemente, cobrando más y más vidas (cerca de 450 muertes diarias), sino que también, ha dejado a un porcentaje de pacientes pos-COVID, esclavos de sus secuelas llamadas síndrome pos-COVID o COVID largo, una condición que aunque parece ser temporal, afecta negativamente su calidad de vida.

Estos efectos secundarios varían entre leves y graves. Tos y fatiga crónica, dolor de cabeza, falta de memoria, de concentración, micción y fibrosis pulmonar, son solo algunos de ellos, pero la lista continua.

Y como si esto no fuera suficiente para quitarnos el sueño, estos últimos días hemos sido testigo de varios acontecimientos igual de letales que esta enfermedad y sus tentáculos: la violencia y un “loquito de metal” que estuvo deambulando por los cielos.

Al “loquito de metal” que me refiero, es el cohete chino, Long March 5B, de 30 metros de altura y unas 20 toneladas, el cual pudo haber ocasionado un desenlace catastrófico al quedar fuera de control tras haber llevado a órbita el primer módulo de la Tianhe, la estación espacial china.

Por varios días su etapa central nos mantuvo con el credo en la boca, ya que no se sabía a ciencia cierta en donde terminaría cayendo. Por fortuna, el domingo pasado reentró finalmente a la atmósfera sin provocar ninguna fatalidad al sumergirse en el océano Índico, cerca de las islas Maldivas.

Poco antes de saltar la alarma sobre el cohete, se desató en el país una ola de protestas que solo ha incrementado más la violencia y la división entre los colombianos. Las imágenes de las continuas manifestaciones del paro nacional son tan indignantes que aún no doy crédito a mis ojos.

Pasaron de ser unas marchas pacíficas a convertirse en una batalla campal bañada de sangre, ira, confusión, insensibilidad e irreflexión. ¿Y la cereza del pastel? La pandemia como telón de fondo.

Estas manifestaciones no solo han dejado unos 170 desaparecidos reportados, miles de heridos y cerca de 50 muertos hasta ahora, sino que ha traído mucho dolor, como el de la madre de parto prematuro que perdió a su bebé al ser bloqueada por un motín, la ambulancia en donde era transportada al hospital.

Días después fue atacada en la vía Cali-Buga, una caravana humanitaria que llevaba insumos y medicamentos para las unidades de cuidado intensivo en Bogotá pese a ir señalizada y custodiada. Muchos pacientes han quedado sin oxígeno a raíz de este tipo de bloqueos.

Comercios,  oficinas y buses en llamas,  CAIs vandalizados, saqueos a entidades bancarias y supermercados, cierres intermitentes en las salidas de algunas ciudades del país, confrontaciones entre la fuerza pública y los manifestantes, escasez de combustible y alimentos, principalmente en Cali y otros actos de barbarie, son los que han venido marcando la pauta de este círculo vicioso destructivo, que a su vez, ha regado COVID a diestra y siniestra sin tener el más mínimo respeto por la salud, la integridad y mucho menos, la vida de los colombianos.

Tal como su nombre lo indica, el paro nacional, parece estar logrando parar al país más temprano que tarde.

Y mientras que aquí nos manteníamos en vilo con los disturbios originados durante las marchas, lejos de casa comenzaba a caldearse el conflicto israelí-palestino, que a pesar de encontrarse a miles de kilómetros, no deja de inquietarnos.

Desde el lunes pasado unos dos mil cohetes han sido lanzados por milicianos palestinos y el movimiento islamista, Hamas, que gobierna en Gaza.

Israel, por su parte, ha hecho ataques aéreos, bombardeando tanto el edificio de 12 pisos en donde varios altos mandos de Hamas tenían sus oficinas, como la sede del principal canal de televisión de Gaza, mientras que en las ciudades israelitas con población judía y árabe se acentúan las agresiones entre ambas partes.

Miles de heridos y unos 70 muertos, más que todos palestinos, entre los que se encuentran 16 niños, así como  7 israelíes, entre ellos, 1 niño, ha sido el resultado hasta el momento, de esta escalada de violencia.

Los enfrentamientos continúan y se teme que este conflicto esté a las puertas de una “guerra a gran escala”.

No ha terminado de correr la mitad de 2021, pero haciendo un paralelo basado en los recientes acontecimientos con el primer semestre del año pasado, creo que este año, lejos de ser como muchos lo habíamos visualizado, está dejando bastante que desear.  

Por eso es que a veces “más vale malo conocido que bueno por conocer”. Espero que el resto del año nos demuestre lo contrario.

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