Personaje / 17 de junio de 2023

Humberto Aleán: “El arte en mi vida es como haberme ganado la lotería”

El pintor Humberto Aleán en su residencia en Barranquilla, donde cada detalle en la decoración tiene el sello de su arte.

Miguel Utria

Aunque no le gusta que le digan ‘maestro’, pese a su gran trayectoria en el mundo de la plástica, este virtuoso asegura que ha sido artista desde niño y que si volviera a nacer quisiera que su historia se repitiera.

Humberto Aleán frete a una de las obras que adornan su casa.

Sentado en la tranquilidad de su casa, viendo televisión y conversando con Rossana, su empleada, pasa sus horas el maestro Humberto Alean; a veces le entran llamadas de algunos amigos con quienes ‘pelea’, a quienes ‘insulta’, como dice él entre risas. Les reclama y luego los trata con el mayor cariño.

Al conversar con él, lo primero que nos dice es que no lo llamen maestro porque eso lo hace sentir como de 80, 90 o 100 años. “Llámame Humber o Humberto”. Entonces así se inicia la charla.

Su casa está ubicada en cuarto piso, al norte de Barranquilla, con vista a los cuatro puntos cardinales de la ciudad, un verdadero privilegio si se quiere. Cada detalle de la decoración del inmueble tiene el sello de su arte, muchos colores, figuras, niveles, cuadros y mucho calor humano.

“La vida ha sido muy irónica porque en mi época, cuando un pelao decía que quería estudiar una carrera relacionada con las artes, los papás ponían a uno el grito en el cielo y decían que uno se iba a morir de hambre, y en mi caso más, porque era pintura”.

Nació en San Andrés de Sotavento, Córdoba, donde asegura que no tenían ni idea de lo que era que alguien se dedicara al arte. Vivió en Arjona, Bolívar, y al llegar la época del estudiar bachillerato su papá lo instala en Sincelejo, mientras el resto de la familia se desplaza a Barranquilla.

“Cuando me faltaban dos años para terminar la secundaria me vine para Barranquilla, llego a un sector del Bario Abajo. Ahí sentí que Barranquilla me abrió sus brazos. Culminé mi etapa de estudios de bachillerato en  un colegio privado, cerca de mi casa”.

Una vez, mientras le aplicaban asfalto a la calle donde vivía, cogió material de la calle y moldeó la figura de una mujer palenquera con su palangana de alegrías, lo que llamó la atención de su padre.

Esto le escribió la poetisa Meira Delmar, que Humberto guarda.
Una de las obras que hacen parte de la cantidad que adornan su casa.

“Y es él quien me coge de la mano y me lleva a la Escuela de Bellas Artes. En ese entonces el ingreso a esa escuela era complicado por lo estricto de la disciplina. Por eso es que digo que eso fue muy irónico porque un papá de la época casi nunca apoyaba a un hijo que quería dedicarse al arte”.

QUISO SER ARQUITECTO

El sueño de Humberto era estudiar arquitectura, pero estando en Bellas Artes, le gustó tanto, que su progenitor al darse cuenta le dijo que le parara bolas al colegio porque si no, “así como me llevó, me sacaba de la escuela de artes”.

Asegura Alean que el temor del papá era que dejara tirado sus estudios en el colegio por dedicarse a las artes, entonces le dijo que si terminaba el colegio lo matriculaba en la universidad a estudiar arquitectura, la carrera que siempre visionó.

Sin embargo, el estudio en Bellas Artes y la relación con reconocidos artistas como Gabriel Obregón, atraparon tanto su atención que le hicieron despertar del sueño de ser arquitecto.

Tarjetas como esta envía a sus amigos con el pretexto de reunirlos periódicamente en su casa.

Al terminar en Bellas Artes, que le dio el título de ‘Idoneidad en dibujo artístico’, viaja a Bogotá y se enamora de la capital del país hasta el punto que fue de vacaciones, pero duró un par de años allá. Al regresar a Barranquilla se radicó en el mismo sector donde vivía antes, pero en una casa diferente, ubicada frente al edificio de la Cámara de Comercio.

Cuenta que una tarde mientras reposaba en el frente de su casa, lo llamaron desde una de las ventanas del edificio vecino. Eran unas personas que lo identificaron, que estaban ubicados en el noveno piso.

“Allí quedaban las oficinas de Nova Publicidad, de propiedad de Plinio Apuleyo Mendoza, quien hacía parte del grupo Barranquilla, amigo de Gabriel García Márquez. Yo subí y me atendió Jaime Jaramillo Escobar, quien me llevó al departamento de artes de la empresa y me propuso que trabajara con ellos. Eso realmente me gustó”.

Dice Humberto que era la mejor agencia de publicidad de la ciudad y de la región. Y como Plinio tenía muy buenas relaciones les llegaban muchas peticiones de trabajo de empresas de la ciudad  y otras de la Costa. Recuerda que fue una época en la que aprendió y disfrutó mucho de lo que hizo en esa agencia.

BARRANQUILLA LE ABRIÓ LAS PUERTAS

Al hablar de su obra artística y la influencia en ella recalca a Barranquilla, por eso afirma que fue la ciudad que le abrió los brazos, porque como dice, a él el arte sí le ha dado para vivir, para tener recursos, casa y un nombre en el medio.

En su residencia también tiene una pequeña galaería de sus dibujos.

“Yo nunca me disfrazo, pero amo el Carnaval, sus colores, la música, los vestuarios, y ello me ha servido de recarga para mis creaciones artísticas. Me encanta ese río de gente y su alegría. Por algo he sido jurado de los eventos del carnaval por más de 30 años consecutivos”, afirma Alean.

Al pintar lo primero que se le viene a la mente es ese mundo de colores que es el Carnaval de Barranquilla, y en ello ha inspirado los paisajes y los contenidos de su obra que tanto le han gustado a la gente. Inclusive desde su primera exposición, que se realizó en la sede de La Cueva, y en la que se vendió hasta el último de sus cuadros.

Su paso por la ciudad de Bogotá llegó tanto al alma que los cerros de la capital también hacen parte del paisaje en sus cuadros, pero más que el paisaje, lo que quiere y le inspira plasmar en sus creaciones es el amor y la fascinación que le ocasionó esa ciudad durante el tiempo que vivió allá.

Cuando su nombre se da a conocer en la sociedad barranquillera y en el resto del Caribe, le empiezan a llover pedidos, encargos, llamadas, relaciones, invitaciones que le han dado mucha satisfacción, según el mismo afirma.

“Eso además de satisfacciones económicas, me ha traído muchas amistades y descubrí que cuando una familia compraba uno de mis cuadros, invitaban a una cena o una copa de vino para presentar a sus amistades la adquisición que habían hecho”.

La primera exposición que hiciera de su obra fue en La Cueva, donde recientemente se había dado el acto protocolario de apertura del Museo de Arte Moderno de Barranquilla. La satisfacción no fue menor si se tiene en cuenta que todos cuadros se vendieron.

“Yo fui alumno de Obregón por espacio de cinco años, y algo me tenía que quedar de él. De hecho me decían ‘Obregoncito’, aunque mi obra no es que fuera igual a la del maestro, sí gustó mucho”.

Recuerda con mucho agrado que recién salido de la Escuela de Bella Artes recibió una carta de las directivas para que se vinculara como docente de dibujo, y allí estuvo durante 25 años.

“Es que a mí en la universidad me tocaron unos profesores excelentes que me enseñaron hasta a preparar las pinturas. Ellos nos daban los colores en polvo y demás instrumentos y uno los mezclaba y luego embazaba, y con ello trabajaba”.

ESTAR EN MÁS EXPOSICIONES

Trabajando en Bellas Artes, ya siendo una facultad de la Universidad del Atlántico, se vincula a espacios que daba el alma mater para favorecer a sus empleados y funcionarios, y la época coincide con una decreto presidencial que le permitía crear algo relacionado con su trabajo que fuera productivo, que le daba unos puntajes, y ello le incrementaba los ingresos más allá del salario.

“Yo me inventé una bienal de grabados que comenzó con pocas personas, pero después se fueron vinculando artistas de otras ciudades, y eso fue creciendo, tanto en una ocasión me llegaron obras de artistas de 17 países. Hasta que llegó un vicerrector, que al darse cuenta que yo facturaba más que él, le puso freno al proyecto”.

A lo largo de su vida artística, de la que no se atreve a dar un número determinado de años que han pasado, ha expuesto sus obras en Barranquilla, que ha sido su fuerte, Santa Marta, Cartagena y Bogotá, asegura que quebrantos de salud le mermaron un poco esa dinámica que traía de trabajo, pero asegura que su labor seguirá dando frutos. Y no descarta a posibilidad de hacer más exposiciones de sus obras en diferentes escenarios.

Asegura que si naciera de nuevo, le gustaría que su padre lo volviera a tomar de la mano y lo llevara a la escuela de Bellas Artes, tiene entre sus proyectos editar en un libro una especie de memoria artística, con toda la experiencia vivida en el mundo del arte, sus amigos y sus trabajos.

De este proyecto, de memoria artística, no le gusta hablar mucho. Pero asegura que en él estarán siempre presentes sus grandes amigos, quienes alguna vez escribieron una frase dedicada a él. Entre ellos destaca a Gabriel Obregón, Miguel Iriarte, Zandra Vásquez, Álvaro Suescum, Meyra Del Mar, David Sánchez Juliao y Sigifredo Eusse, entre otros.

Asegura que Barranquilla ha sido ingrata con la memoria del maestro Obregón, porque a pesar de que él no nació aquí, vivió en esta ciudad desde pequeño, y en muchos edificios del centro hay grandes murales que son una riqueza de valor cultural incalculable a la que no se le ha dado la importancia que merece.

De su familia dice que fueron cinco hermanos, de los que ya han fallecido tres. Su madre vivió con él los últimos años de su vida hasta que falleció, hace poco más de un año y su otra familia, sus amigos, son quienes llenan esos espacios de felicidad, alegrías, celebraciones y recordaciones.

Es tan amante de sus amigos que, sin pensarlo mucho, se inventa fiestas solo con el pretexto de reunirlos y atenderlos como buen anfitrión. En ese sentido ha inaugurado y reinaugurado sus casas en Barranquilla y la playa, con la satisfacción de que todos los invitados asisten sin falta, se rían y se diviertan con sus apuntes, pero sin dejar a un lado un tema obligado: las artes.

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