Vida Cultural / 14 de octubre de 2023

Ortegón, el artista soledeño que con su pincel ha hecho de su casa un museo

Ortegón pintando uno de sus cuadros que hacen parte de las muchas obras que adornan su casa.

Miguel Utria

Dice que abre las puertas de su residencia a las personas que se sienten atraídas por su obra que comienza desde la fachada.  Allí tiene más  de 10 mil cuadros de su autoría elaborados en diferentes técnicas.

La casa de Miguel Guerra, ubicada en Soledad, tiene un encanto desde su fachada hasta el interior, que pasar por ella obliga a mirarla, repararla y, en muchos casos a ingresar, como ha ocurrido con varias personas que no se resistieron a ello.

Frente al dibujo Simón Bolívar, que el costeñizó colocándole un sombrero vueltiao. Esta obra decora el lobby de un hotel en Soledad.

Su nombre de pila es Adolfo Miguel Guerra Pacheco, y aunque en el mundo del arte le conocen como Ortegón, por el segundo apellido de su abuelo materno, todos sus allegados le llaman simplemente Miguel. Es un artista innato y versátil que en cada detalle de su casa hay algo de arte, hasta el punto que muchas personas le dicen que su casa parece una casa museo, por la cantidad de cosas que hay, pero también por el estilo de cada cuadro y  cada mueble, que él mismo diseña y fabrica.

Es pintor, y aunque está certificado por la Escuela de Bellas Artes, la adquisición de sus conocimientos es empírica y la experiencia en el mundo de las artes se dio mucho antes de haber ingresado a la academia, prácticamente cuando era niño.

Justamente la inclinación por el arte de la pintura surgió desde niño porque su abuelo materno, su madre, y varios tíos y hermanos mayores tenían facilidad para el arte de dibujar, y ellos fueron la inspiración para inclinarse por el maravilloso mundo de los colores, pinceles, las pinturas y las formas plasmadas en lienzos.

Asegura que cuando se presentó a Bellas Artes, Humberto Alean, quien era el director de artes plásticas, le dijo que él estaba listo para pintar, porque ya tenía la experiencia y era bueno en lo que hacía. Sin embargo su maestro le dejó claro que la teoría era indispensable, porque la misma es el principio del desarrollo de la práctica, y fue así que se certificó como asistente.

En las paredes de la casa de Ortegón no cabe una aguja, están llenas de arte figurativo y paisajes.

Y aunque el tema de la academia no le llamaba mucho la atención por cuanto ya estaba encaminado en el mundo artístico, siguió asistiendo a la escuela por varios semestres. “Yo pienso que si bien la teoría y la academia son importantes y necesarias para certificarse, uno no debe encasillarse en eso sino en desarrollar lo que uno es y quiere”, apunta.

Al referirse a la técnica que imprime en sus obras asegura que las cosas van llegando por sí solas y recuerda que teniendo menos de 14 años llegó a sus manos un libro que contenía obras de varios autores reconocidos. Pero que le atrajo la obra de Rembrandt, pintor holandés, y se dijo que un día pintaría como él.

Pintar en espacios públicos es una de sus pasiones.

“Yo he pasado por varias técnicas y ya he estado bajo la influencia de autores, pero ahorita estoy tratando de buscar lo mío, de encontrarme conmigo mismo, y en esa búsqueda he pintado desde hace más de 20 años con la técnica de la espátula, que me da el acabado que yo quiero”, afirma, y reconoce que muchas veces utiliza el pincel.

Su madre era modista y ella misma dibujaba los diseños que posteriormente confeccionaba, y recuerda que sus dibujos era de un gusto tan especial que él se fascinaba viéndolos. Y ese fue, según cuenta, el primer acercamiento en su gusto por la pintura.

Paralelo a ello, había un tío que dibujaba con una facilidad y rapidez que él lo tenía como lo máximo. Así mismo un primo suyo con quien compartía techo, trabajaba el arte del estampado y los dibujos que hacía también le inspiraban admiración por lo que transmitían. Estos integrantes de su cuadro familiar fueron su primera referencia de lo que sería el inicio del camino para llegar a ser el artista que es hoy.

Miguel describe sus cuadros como únicos en su estilo, son cuadros que no están pensados ni influenciados por la moda, y ello se ve en sus obras.

Además de pintor Miguel es ebanista, oficio que aprendió sin  proponérselo y que practica para su propio surtido, es así que cada mueble que hay en su casa, fue diseñado y elaborados por él.

La particularidad de los enseres que decoran su casa son de tal singularidad que cualquiera, a simple vista, pensaría que son reliquias de la familia, pues todos parecen diseños y acabados de muebles antiguos, pero no es así, son muebles que el mismo diseña y elabora a gusto particular.

“La ebanistería es un arte que yo hago no con el fin de vender muebles, eso lo trabajo exclusivamente para mí. Y cada mueble que hay en mi casa lo he hecho yo mismo”, asegura Miguel.

Quizás ese sea el motivo por el que su casa sea conocida como la ‘casa-museo’, nombre que a él no le desagrada sino que le encanta. Y le gusta hasta tal punto que les abre las puertas de su casa a personas que se sienten atraídas y con ganas de entrar, él las invita a seguir y les muestra todo lo que allí tiene.

Este mural, alusivo a la cumbia soledeña y el Carnaval, es otro de los trabajos de la autoría de Ortegón.

Sobre sus estilo en la pintura asegura que es llamativo por ser diferente a todo, porque siempre le imprime un sello particular a lo que hace y porque cuando va a pintar un cuadro no lo visiona antes, sino que las cosas se le van dando en el momento. Además pinta siempre pensando en lo que le pueda gustar a la gente.

“A mí me gusta pintar rodeado de personas, que me conversen que me pregunten y digan cosas, y en cada conversación van surgiendo ideas que plasmo en el cuadro. Luego cuando el cuadro está terminado le hago saber a esa persona que eso que está allí plasmado es gracias a algo que me dijo, y las personas se sorprenden de eso”.

Cuando una persona quiere que Miguel le dibuje un cuadro el simplemente le escucha lo que esta quiere, y sobre eso comienza a trabajar, pero jamás trabaja sobre bosquejos, sino que va dándole forma a sus creaciones sobre la marcha y las va alimentando con lo que va pasando a su alrededor durante el proceso.

“Yo he pintado a lo largo de mi vida más de 10 mil cuadros, y gracias a mi Dios cuando yo dibujo algo, ya esa pintura está vendida. Parece prepotente, pero es más que todo un agradecimiento a nuestro ser supremo. Y en Dios creo que los cuadros que pinte de aquí hasta que yo me muera, ya están vendidos”, afirma con orgullo Miguel Guerra.

Pero Miguel no solo ha dibujado un número impensable de cuadros, sino que trabaja con tal destreza, que en cada cuadro no se tarda más de dos o tres horas, dependiendo de la dimensión del cuadro.

Últimamente se ha dedicado a dictar talleres de pintura para niños, y aunque ha motivado a muchos padres para que les brinden a sus hijos esos espacios, muchas veces los niños no asisten a las clases por falta de recursos pata comprar los implementos.

Dice que a los niños hay que motivarlos, y en ese sentido hace un llamado a los padres para que apoyen a sus hijos porque solo así ellos pueden hacer realidad sus sueños y alcanzar la felicidad. Y afirma que dos de sus ocho hijos también son artistas plásticos a quienes él en su momento les dio todo su apoyo de manera incondicional para que ellos avanzaran en lo que querían ser y hacer.

“Yo quiero dejarle una enseñanza a los niños, ayudarlos gratis en sus sueños, porque Soledad está llena de mucho talento. Soledad no es solo butifarra y cumbia, aquí hay mucho talento por explotar, y así me toque salir a mí mismo a buscar ayuda para esos niños, con las personas que quieran unirse a esto, lo voy a hacer”, expresa este artista.

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